Mensaje Orlado Nº 13

El legado de Belgrano

Nos adentramos en el norte argentino y caminamos por la quebrada que atraviesa la puna y el altiplano jujeño, y con él, la entrada a las provincias del norte, la tierra de la raíz indígena, del legado ancestral y de las luchas independentistas. La tierra donde se levantó y cayó Belgrano, Güemes, Juana Azurduy, y tantos de los luchadores prácticamente olvidados y borrados de la memoria.

Ya en la Quebrada de Humahuaca se vuelve a respirar aquel aire que dejamos en diciembre. Pero aquí es más seco, retempla el cuerpo y vivifica el espíritu. Es el aire que respiraban los chasquis incas cuando caminaban los Andes en el pasado, y sus pasos aún parecen escucharse en alturas de las sierras, donde todavía perduran los caminos tan sofisticados que construían los hijos del Inti Sol en tiempo de expansión territorial hacia el sur de la lejana Cusco. Los mismos caminos que aún se pueden rastrear y seguir para volver “al ombligo del mundo”.

Ahora el paisaje es vigilado por Viltipoco, aquel curaca sublevado contra los españoles que fuera traicionado por uno de los suyos, capturado, y luego asesinado en el olvido de una celda. Aquel omaguaca que había reunido un ejército de 10.000 combatientes con los que enfrentaría y expulsaría al poder español de sus tierras. Aquel que hoy vive en la fuerza que irradia desde su figura en las alturas de Humahuaca; el mismo monumento que fue inspirado en la 2° estrofa del himno: “Se conmueven del Inca las tumbas, y en sus huesos revive el ardor, lo que va renovando a sus hijos, de la patria el antiguo esplendor”. Vemos su imagen y revivimos la historia desde la puna jujeña, desde esta quebrada que hoy nos recibe con calidez. Atrás quedaron las maravillosas ruinas de Tiahuanaco en lo que fue el antiguo Virreinato del Río de La Plata. Ahora, aquí, caminamos por los senderos y descansamos a la sombra del viejo algarrobo de 700 años en Purmamarca, altiplano argentino. Es el mismo donde reposaba Viltipoco minutos antes de ser apresado, y del cual se escribió en la poesía de los lugareños:

“Si este algarrobo hablara

de las historias de antaño

seguro nos contaría

de los héroes que ha cobijado”.

 

Hoy su frondosa copa irrumpe el paisaje, no deja de crecer, como si el espíritu de aquel hombre se hubiera encarnado y extendido en sus raíces y ramificado en sus robustos brazos. Porque luego de aquellos gritos, de aquellas voces acalladas, por la quebrada bajaría la Voz de Túpac Amaru, iniciador de las gestas libertadoras, también traicionado y apresado como Viltipoco, y tras ellos, tantos luchadores que dejaron su vida por el ideal de una América libre. Porque descubrimos que este gran árbol, es también el mismo que daba descanso a Belgrano y a sus tropas antes de batallar en esta zona contra los españoles.

 

San Salvador de Argentina

Ahora la puna se ahoga, se empequeñece en su aridez y color, y la vegetación asoma con la incipiente yunga. Es la puerta a San Salvador de Jujuy.

Fue exactamente hace 200 años. Fue cuando los españoles bajaban confiados en reconquistar las Provincias Unidas del Sud. Con Pio Tristán a la cabeza, descendía por el Altiplano aquel ejército realista que reforzado, llegaba con 4.000 soldados bien pertrechados. No había ejército para hacerle frente en ese momento, apenas 800 soldados desmoralizados, enfermos de paludismo y desarmados. Así que Belgrano tomó una de las más importantes decisiones de la guerra por la independencia: partir de San Salvador de Jujuy con toda la población para sólo dejar campo raso frente al enemigo. Ni casas, ni alimentos, ni mercancías, ni ropa, ni colaboración de ningún tipo. Nada que fuera utilizable por los españoles para reconquistar el territorio. Todo fue destruido, quemado, y los alimentos cosechados y transportados al sur.

Esa fue la decisión de Manuel José del Corazón de Jesús Belgrano, y los jujeños, acataron la orden sin oposiciones. En esa disposición de la población se vio la tenacidad, fuerza y entrega de los jujeños, en una época donde muchos dudaban de la independencia, prefiriendo conservar sus casas, sus familias y pertenencias sin arriesgar sus vidas, en una causa que a pocas familias “acaudaladas” les importaba. Pero el espíritu de aquellos jujeños era distinto. Lucharon, como hoy muchos luchan para cumplir con lo escrito, que hoy ya es parte del espíritu y la consciencia de los que se levantan: “En América del Sud, Argentina luchará su libertad, por la libertad de las libertades…”

Nadie quedó en Jujuy para recibir a los realistas. Todos lucharon entregando su vida, sus bienes y su prestigio a una causa considerada una utopía. Aún hoy perdura aquel Espíritu en los jujeños, su fuerza que desciende como ríos desde el norte argentino.

Fue aquella migración conocida como el Éxodo Jujeño, la cual celebra su bicentenario este 23 de agosto del 2012, que lejos estaba del éxodo bíblico, atiborrado de muerte inocente y matanzas de pueblos que eran culpables sólo por ser más ricos que los judíos.

Distinto a ese Éxodo rociado en sangre de animales, de rituales satánicos sobre su pueblo, como quedó bien expuesto para los que tengan inteligencia: “Entonces Moisés tomó la sangre y la roció sobre el pueblo, y dijo: He aquí la sangre del pacto que Jehová ha hecho con vosotros sobre todas estas cosas” (Éxodo 24: 8).

Contrario a ese Éxodo de sacrificios humanos, de traición por la noche, porque fue el mismo Belgrano el que perdonó a los 3.000 realistas que se rindieron en la Batalla de Tucumán. Contrario porque “Moisés les dijo: Así ha dicho Jehová, el Dios de Israel: Poned cada uno su espada sobre su muslo; pasad y volved de puerta a puerta por el campamento, y matad cada uno a su hermano, y a su amigo, y a su pariente. Y los hijos de Leví lo hicieron conforme al dicho de Moisés; y cayeron del pueblo en aquel día como tres mil hombres” (Éxodo 32: 27-28).  

Opuesto finalmente a la oscuridad que pregonaron los seguidores de ese dios oscuro, cuando dijeron en su éxodo: “Entonces el pueblo estuvo a lo lejos, y Moisés se acercó a la oscuridad en la cual estaba dios” (Éxodo 20: 21). Por eso, opuesto al combate que Parravicini señaló, cuando habló de la lucha por el verdadero Dios: Argentina luchará su libertad, por la libertad de las libertades, LA LIBERTAD DE DIOS. PAZ”. (Benjamín Solari Parravicini). Dios que nos quitaron con ese falso éxodo, y que ahora recuperamos en la tierra de los que lucharon en aquella oportunidad: Latinoamérica será presto invadida por la verdad en su verdad y sabrá recuperando a Dios” (Benjamín Solari Parravicini).

En ese éxodo jujeño, Belgrano fue el último en partir de la ciudad deshabitada. Se fue a Tucumán, desobedeciendo las órdenes que llegaban de los traidores de Buenos Aires, de las oligarquías, de aquella serpiente llamada Rivadavia que ocupó el primer sillón presidencial; desoyó las órdenes para que se retirara a Córdoba. Belgrano prefirió seguir su propio sentir y desoyó la orden que hubiera significado la derrota de los criollos y la caída de las Provincias Unidas en manos españolas. Se fue a San Miguel de Tucumán, como si conociese tal símbolo, y en la ciudad de Miguel con poco más de 1.500 hombres derrotó a un ejército que lo doblaba en número. En San Miguel se desató la batalla más importante en la historia de la independencia argentina, quedando los españoles obligados a retroceder a Salta donde se consuma su derrota definitiva. Belgrano allí perdona la vida de 3.000 hombres, recibiendo criticas de todas partes por ese gesto, que a la larga le terminó dando más apoyo, al diferenciarse nuevamente de las exigencias de sangre y holocaustos escritas desde la tierra judía: “Así ha dicho Jehová de los ejércitos: Yo castigaré lo que hizo Amalec a Israel al oponérsele en el camino cuando subía de Egipto. Ve, pues, y hiere a Amalec, y destruye todo lo que tiene, y no te apiades de él; mata a hombres, mujeres, niños, y aun los de pecho, vacas, ovejas, camellos y asnos” (1 Samuel 15; 2-3).

Por la victoria la Asamblea le otorgó a Belgrano un premio de 40.000 pesos que este declinó recibir, disponiendo que el dinero se destinara a crear escuelas en Tucumán, Salta, Jujuy, y en Tarija, en la actual Bolivia. “Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Toma la cuenta del botín que se ha hecho, así de las personas como de las bestias, tú y el sacerdote Eleazar, y los jefes de los padres de la congregación; y partirás por mitades el botín entre los que pelearon, los que salieron a la guerra, y toda la congregación”. (Números 31: 25-27).

Por eso aquel éxodo, fue distinto a lo que pregonaba ese dios que no perdonaba ni siquiera a los lactantes y los animales. El dios del desierto que no toleraba a las mujeres, y que en Argentina se instaló en el pensamiento como quedó en evidencia con Juana Azurduy, otra gran mujer que dio las tierras del sur y que murió en la miseria. Porque la que ganó finalmente la guerra fue la otra fuerza, la que asesinó a los que combatieron como aquella luchadora del altiplano. Aquella mujer que en su momento se puso a las órdenes de Belgrano y Güemes hasta que estos fueron asesinados, llegando al grado de teniente coronel cuando Simón Bolívar en 1825 la encontró en la condición miserable en que vivía, ascendiéndola al grado de coronel y otorgándole una pensión. Fue luego de la visita que Bolívar le comentó al mariscal Antonio José de Sucre: «Este país no debería llamarse Bolivia en mi homenaje, sino Padilla o Azurduy, porque son ellos los que lo hicieron libre». Juana murió indigente el día 25 de mayo de 1862, cuando estaba por cumplir 82 años, y fue enterrada en una fosa común. Para aquel mundo de traidores y masones enriquecidos, era la muerte más digna a que alguien podía aspirar.

Y es con esa fuerza de mujer del Altiplano, la parte femenina que los incas veían en sus valles, que renace el antiguo esplendor. Por eso desde el pasado hoy se vuelve a escuchar la voz de Juana, que son miles,  como parte de esta humanidad que también se escucha en el altiplano, que grita dando fruto a quien la escuche. Es la fuerza que aún perdura en la sangre y el espíritu de los jujeños, la fuerza que da aliento al coraje y la valentía.

Y los frutos del espíritu son los que traen los de Remanente, como las profecías lo anunciaron para Latinoamérica, que arde en sabiduría mientras el mundo lo hace en fuegos y destrucción. Y esa es su mayor virtud, ya que “si no tienes eso dentro de ti, lo que no tengas dentro de ti te matará”, dijo Jesús en sus dichos secretos y por eso es que tantas ciudades insensatas, vencidas por el hombre ciego y por su apatía, vacías de lo que deberían haber buscado, deberán revivir aquel éxodo, por haber cerrado los oídos, negarse a ver lo evidente, y no atender al llamado que nos alerta de los momentos que vivimos. Es el amargo éxodo por querer mantener al hombre viejo, por no haberlo abandonado a su tiempo.

 

Con la herencia salteña

De San Salvador, como si siguiéramos la ruta de ese antiguo éxodo jujeño, descendemos a Salta, a “la linda”, a la ciudad que hoy con orgullo luce su belleza promocionada como destino turístico del norte argentino. Las rutas se desvían hacia los cerros de espinos, hacia los valles, y pronto nos encontramos a las puertas de otra ciudad y un nuevo rumbo.

Es la tierra del General Martín Güemes, aquel gaucho renegado de su aristocracia local, quien supo comandar esa tremenda e incontenible guerra contra los españoles, convirtiendo el actual norte argentino en la frontera y muro infranqueable para los invasores. Aquel que con unos puñados de gauchos y algunas lanzas, derribaba la arrogancia de los ejércitos realistas que imaginaban su arribo triunfal y sencillo a Buenos Aires. Aquel que se sentía más a gusto en el monte a caballo junto a sus famosos escuadrones de salteños y su guerra gaucha, que junto al lujo de las familias pudientes. Aquel que integraba en sus batallas a los descendientes de las familias cuzqueñas que habían huido hacia el sur, y ahora luchaban codo a codo para rechazar a los antiguos destructores de su patria incaica. Aquel gaucho Güemes que escribía en sus mensajes: “¿No he de alabar la conducta y la virtud de los gauchos? Ellos trabajan personalmente y no exceptúan ni aun el solo caballo que tienen, cuando los que reportan las ventajas de la revolución no piensan otra cosa que engrosar sus caudales”.

Por eso, Güemes era más que un valiente general, porque su nombre irritaba a las oligarquías porteñas, que lo veían más como un problema que como una solución. Lo odiaban por su componente gaucho, mestizo e indígena. Lo rechazaban porque sus corazones oscuros los acercaban más a ese dios del éxodo de Moisés, como quedó en evidencia con sus actos: “Y Jehová habló a Moisés, diciendo: Habla a Aarón y dile: Ninguno de tus descendientes por sus generaciones, que tenga algún defecto, se acercará para ofrecer el pan de su dios. Porque ningún varón en el cual haya defecto se acercará; varón ciego, o cojo, o mutilado, o sobrado, o varón que tenga quebradura de pie o rotura de mano, o jorobado, o enano, o que tenga nube en el ojo, o que tenga sarna, o empeine, o testículo magullado. Ningún varón de la descendencia del sacerdote Aarón, en el cual haya defecto, se acercará para ofrecer las ofrendas encendidas para Jehová. Hay defecto en él; no se acercará a ofrecer el pan de su dios” (Levítico 21:16-21).

Así, ese mismo componente racista se manifestaba en las clases pudientes de Buenos Aires, que hacían todo lo posible para obstaculizar su trabajo, rechazando completamente su concepción sudamericana. No perdonaban sus palabras de unión, como cuando Güemes escribió a los peruanos, manifestándoles:

“No lo dudéis un instante, guerreros peruanos. Los pueblos están armados en masa y enérgicamente dispuestos a contener los ambiciosos amagos de la tiranía. Si estos son los sentimientos generales que nos animan, con cuánta más razón lo serán cuando restablecida la dinastía de los Incas, veamos sentado en el trono y antigua Corte al legítimo sucesor de la corona”.

Era el mismo componente racista que manifestarían frente al ideal de Manuel Belgrano, al impulsar el plan del gobierno Inca para las provincias del Río de La Plata. Era el Incario, aquel proyecto ridiculizado y banalizado con ironía y desprecio por las clases tradicionales y gobernantes de la portuaria Buenos Aires. Aquellas gentes que no podían soportar que los incas fuesen del antiguo linaje del sol, de las estrellas, y bajo ningún punto de vista podían aceptar que la capital de la unión sudamericana sea depositada en la lejana e indígena Cuzco. No podían consentir que los miles de indios guaraníes y charrúas se sumen a ese proyecto de unidad, apoyando el incario, y restándole influencia a su ascendencia de dios judaico de las clases pudientes.

Rechazaban de plano que tanto Belgrano, Güemes y Juana Azurduy apoyasen tal proyecto, y por eso es que se decidieron a exterminarlos y quitarles todo apoyo. Así fue como Güemes, a pesar de haber derrotado 9 invasiones españolas con sus gauchos a caballo, casi sin armas y sustento, sería asesinado por la espalda y su muerte festejada por los mismos traidores que desde el puerto continuaban sus negocios.

 

El Plan Inca

Desde tiempo atrás se venía gestando la idea de coronar al Rey Inca con Manuel Belgrano, quien lo impulsó con mayor ánimo y fuerza. Fue unos días antes de la declaración de la independencia, cuando oficialmente se decidió, y lanzó el proyecto de restauración de un descendiente de los incas al trono de las Provincias Unidas en Sudamérica. Fue en el inicio de una nueva lucha, por dos visiones contrapuestas que de ahí en más chocarían irreconciliablemente. Lucha que se llevará a cabo devorando a los hombres más inteligentes, que luego de utilizarlos, serán asesinados o desterrados. El historiador masón Bartolomé Mitre sería el que plasmaría su burla a Belgrano en los libros de historia al hablar del “Rey de patas sucias” o la “Monarquía en ojotas”, mientras que Rivadavia hablaría del “rey de la casta de los chocolates, el cuico”.

Para Belgrano en cambio, evocar a los incas era mucho más que una reparación histórica. A nivel mundial no había existido en la memoria de los hombres una cultura tan justa y equitativa como la de los incas. En su región, los hijos del sol habían conformado una organización que no permitía que ningún habitante pasara hambre, logros que ni siquiera en la actualidad con tantas modernas técnicas de agricultura y desarrollos tecnológicos se ha logrado. En aquella cultura estaban cubiertas las necesidades de los ancianos, inválidos, niños, y de cualquier persona que necesite algún tipo particular de atención diferenciada. No existía la propiedad individual, distribuyendo los recursos en función de la necesidad. Evocar al incario, era por tanto, acercarse al ideal de una patria justa donde absolutamente nadie tenía derecho a morir de hambre, en la pobreza y sin un techo donde cobijarse.

Por eso, el plan de Manuel Belgrano no era compartido por la judeomasonería de Buenos Aires, porque así los dictaban sus planes desde su antiguo testamento que se cocinaban en ese entonces como los Protocolos, que hoy se reflejan en la plena realidad que vivimos: la nobleza, que distribuía el trabajo entre las clases laboriosas, apostaba por que los obreros estuviesen alimentados, sanos y fuertes. Nuestro interés, al contrario, es que los gentiles degeneren. Nuestro poder reside en la hambruna crónica y la impotencia del obrero. Así le sujetaremos mejor a nuestra voluntad, y no habrá de hallar nunca las fuerzas ni la energía para volverse contra nosotros” (Protocolos de Zion 3).

De modo que el plan de Manuel del Corazón de Jesús Belgrano, parecía caminar de la mano del antiguo grito libertario que había brotado desde el Cusco con José Gabriel Condorcanqui, más conocido como Túpac Amaru, aquel incipiente gestor de la sublevación inca que era en ese momento reconocido desde México hasta las pampas. Aquel guerrero asesinado, torturado y descuartizado, por ser causante de aquella sublevación, y que también había convertido a su familia en el blanco del mismo odio brutal y racial.

Ahora, en ese contexto de continuación de aquellos gritos, en aquel periplo de grandes levantamientos emancipatorios, aparecía la figura de su hermano menor, Juan Bautista Túpac Amaru, quien se había salvado en aquella oportunidad del descuartizamiento por haber sido confundido por un reo común. Aparecía Juan Bautista Túpac Amaru, luego de 40 años de cautiverio; volvía a su tierra natal sudamericana y arribaba en 1813 al puerto de Buenos Aires, sin que las logias y las serpientes de aquella época comprendieran su presencia en primera instancia.

Así, el último sobreviviente de la primera insurrección sudamericana y descendiente de los antiguos ancestros del altiplano, llegaba al Río de La Plata y su presencia parecía engranar perfectamente con el Plan Inca de Belgrano. Además, Martín Miguel de Güemes desde Salta, y Juana Azurduy desde Bolivia, ya habían dado su aprobación para integrar los territorios bajo este plan.

 

San Miguel del Sol de Tucumán

De Salta seguimos el camino hacia Tucumán, la ciudad bautizada en honor al Arcángel Miguel, de la que en el pasado parecía brotar la fuerza necesaria para emancipar la Argentina. En el camino, observamos detenidamente el monumento de 1813, en aquel lugar del juramento que los ejércitos hicieron a la bandera antes de la batalla decisiva que derrotaría a los españoles.

Es en el camino a Tucumán, la de la segunda fundación, ya que la primera institución de la ciudad de San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión se produjo el 31 de mayo de 1565 en un lugar cercano a la actual ciudad de Monteros, 50 km más al sur. De allí, desde su antigua ubicación, es que se abren los caminos hacia la altura de los valles calchaquíes, a las ruinas de los antiguos guerreros Quilmes, y de los monumentos de 3 a 4 metros de largo que hoy se conocen como Menhires. En ellos vemos las líneas y trazados del Titicaca, de la lejana ciudad de los Dioses celestes del Viracocha, progenitores del hombre sudamericano. Vemos en los dibujos de los menhires de Tucumán, a los rastros que bordean y dan forma a las tallas de Tiahuanaco, las ruinas de la civilización más antigua de la tierra, madre de todas las culturas terrestres conocidas. La misma influencia tiahuanaca que mostraría la independencia argentina a las naciones del mundo, y que descubriríamos más adelante en nuestro camino, justamente en los valles de Tucumán.

Ahora, de nuevo seguimos la antigua ruta del éxodo, la que nos lleva finalmente a Tucumán, última posta de aquel periplo muy distinto al de Moisés, porque encontramos su imagen en la catedral de la plaza principal, y en ella descubrimos sus tablas. Son esos mandamientos que ellos mismos violaban, como quedó expuesto en sus 5 libros del Pentateuco atiborrados de muertes, holocaustos y rituales umbanda. Por eso no nos sorprendemos cuando encontramos sobre su cabeza los dos cuernos, encima de la principal iglesia de la ciudad. Son los mismos cuernos que Levítico expone cuando se escribió: Después tomará los dos machos cabríos y los presentará delante de Jehová, a la puerta del tabernáculo de reunión. Y echará suertes Aarón sobre los dos machos cabríos; una suerte por Jehová, y otra suerte por Azazel. (Levítico 16: 7 -8).

Porque Azazel, aquel demonio que corrompió a los humanos (Libro de Henoch) y Jehová, son las dos caras de la misma moneda, como también quedó expuesto de nuevo a la inteligencia del Hombre Nuevo, que ya descubre este engaño: Volvió a encenderse la ira de Jehová contra Israel, e incitó a David contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de Judá. Y dijo el rey a Joab, general del ejército que estaba con él: Recorre ahora todas las tribus de Israel, desde Dan hasta Beerseba, y haz un censo del pueblo, para que yo sepa el número de la gente” (2 SAMUEL 24). Y es el gran engaño, porque las dos citas son iguales, demostrando cuál es el falso dios que se esconde tras los libros del Pentateuco: “Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó a David a que hiciese censo de Israel. Y dijo David a Joab y a los príncipes del pueblo: Id, haced censo de Israel desde Beerseba hasta Dan, e informadme sobre el número de ellos para que yo lo sepa” (1 CRÓNICAS 21).

Por eso, la imagen de Tucumán es clara al mostrarnos los dos pensamientos de Moisés: son los mismos cuernos de dios y satanás, falsa dualidad con la cual confunde las mentes desde su Antiguo Testamento, desde el monte del testimonio donde entregó los 10 manda-MIENTO-s, lugar en el cual se hizo pasar por el Altísimo, como también nos denunció Isaías: en el monte del testimonio me sentaré, a los lados del norte; sobre las alturas de las nubes subiré, y seré semejante al Altísimo. Mas tú derribado eres hasta el Seol, a los lados del abismo” (Isaías 14: 13-15), arrojado ahora de los abismos mentales, de la inocencia que no comprendió las escrituras: “Grande es Jehová, y digno de ser en gran manera alabado  en la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo (del testimonio). Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, es el monte de Sion, a los lados del norte, la ciudad del gran Rey (Anticristo).  En sus palacios (Tercer Templo) dios (Lucifer) es conocido por refugio” (Salmo 48: 1-2).

Ahora, desde Tucumán, con la imagen cornuda de Moisés (la misma que se encuentra en Roma, esculpida por Miguel Ángel) se entiende y comprenden las escrituras, como también advirtió Parravicini: “Comprensión de las sagradas escrituras se impondrá al final de los tiempos” (BSP sin fecha). Se comprenden en Argentina, y se derrumba la mentira, que de nuevo el profeta se encargó de resaltar: “Egipto (Argentina) será el único lugar del mundo, donde se verá servilismos amortiguados y dioses falsos caer” (BSP 1940). Se cae el falso dios de las logias y las religiones, cuando la Lógica de la Lógica en la voz de Elías-Juan, también se encargó de resaltar en su 8° escalón de Pensamiento: “Los falsos dioses. Si ustedes (vosotros) emprendieron una búsqueda para enriquecer sus espíritus, entonces deben saber que han puesto en marcha unos mecanismos (Verbo-Ley) que se irán encadenando para lograr abrir el entendimiento (comprensión) y lograr llegar a la Verdad. Si perseveran, verán coronada esa búsqueda con un enriquecimiento a sus espíritus. El que logre poco, también ha logrado enaltecer su búsqueda con el vino de la paz: por lo tanto, es conveniente saber, que quien emprende la búsqueda, dejará por el camino sus falsos dioses, sus miedos y sus temores: dejará parte de su vieja envoltura PARA REVESTIRSE DE NUEVO PLUMAJE INTERIOR”.

Y Tucumán, que otrora gritó libertad y justicia, ahora se hunde en la cárcel del materialismo y se trenza en el consumo cual si fuera una pequeña Buenos Aires. Pierde la fuerza que le da su nombre, la de Miguel, que hoy se desvanece hasta que los habitantes de esa ciudad descubran el engaño al que están siendo sometidos por el consumismo, y a partir de eso, se reencuentren con su fuerza como sucedió antaño, cuando se acercan las vísperas de una nueva lucha. Porque ese es el engaño del falso dios que impera en la Argentina: “Todos los vasos de beber del rey Salomón eran de oro, y toda la vajilla de la Casa del Bosque del Líbano era de oro fino… y una vez cada tres años venían los barcos de Tarsis trayendo oro, plata, marfil, monos y pavos reales… El rey Salomón superaba a todos los reyes de la tierra en riqueza…” (1 de Reyes 10). La riqueza que buscan los hombres del mundo, la que da mansiones, castillos, poder y dominio, que es exactamente el programa del 666 en seducción y muerte: El peso del oro que Salomón tenía de renta cada año, era seiscientos sesenta y seis talentos de oro” (1 de Reyes 10: 14).

Distinto al antiguo esplendor de Tucumán, cuando fue elegida hace 200 años para la Independencia argentina; cuando en julio de 1816 el único territorio en América no reconquistado por España era el de las Provincias Unidas del Río de la Plata. San Miguel de Tucumán más cerca del Cuzco que de Buenos Aires, había sido el lugar donde se había luchado la más clave de las batallas en la Independencia argentina.

Fue allí, entonces, cuando el General Manuel Del Corazón de Jesús Belgrano propuso a Juan Bautista Condorcanqui Túpac Amaru, descendiente en séptima generación de los reyes incas, para ser el Gobernador de las Provincias Unidas del Sur con su capital en Cuzco. Lo propone en el Congreso de Tucumán, en 1816, con el apoyo de las tropas, los gauchos, Juana Azurduy y Güemes; lo propone como gobernante Inca del nuevo Incanato unido de Suramérica. La Propuesta es finalmente aprobada por el Congreso.

Pero la ira no tardó en venir. Las carretas que llevaban la propuesta fueron atacadas por partidas de bandidos a caballo desconocidas, asesinados los portadores de tal declaración y desaparecidas las actas. La aristocracia racista bonaerense comenzó su campaña de desprestigio y ridiculización, que era la política de las logias ya sea en su versión pro hispánica como inglesa, y partir de allí se consuma la traición y el engaño. Sería la misma política que desde Buenos Aires llevarían a cabo contra Sucre y la confederación de Bolívar.

Tal odio fue recogido por los registros históricos cuando en sus cartas escribieron que se había puesto “la mira en un monarca de la casta de los chocolates, cuya persona si existía, probablemente tendríamos que sacarla borracha y cubierta de andrajos de alguna chichería para colocarla en el elevado trono de un monarca” (Carta de Tomás de Anchorena). Con la astucia de la pluma y la palabra, Juan Bautista Túpac Amaru fue borrado de la historia y desapareció toda referencia de él en las escuelas como en las bocas “oficiales”. Esa fue también la “enfermedad” de Belgrano, el asesinato de Güemes, el destierro y pobreza de Juana Azurduy y la desaparición histórica de las raíces ancestrales de Argentina. Borraron de la memoria que la Declaración de la Independencia original era a nombre de las Provincias Unidas en Sudamérica, y no del Río de La Plata. Pero no pueden quitar la presencia de Juan Bautista Túpac Amaru, en el Congreso que declaró la independencia de Argentina. Porque aquella acta se conoce que fue publicada simultáneamente en tres idiomas: castellano, quechua y aimara, demostrando la visión que tenían los hombres de aquel entonces por unificar los pueblos y las razas.

Pero lo que se omitió fue que esa acta de independencia fue escrita también en un cuarto idioma, uno desconocido e inteligible para los antropólogos en la actualidad, y  que sólo un puñado de personas podían comprender en aquel entonces. Esa última Declaración fue escrita en jeroglíficos de Tiahuanaco, el idioma más antiguo conocido y perteneciente al punto inicial del comienzo de esta humanidad. Y el único hombre que tenía las condiciones y conocimiento para escribir en este antiguo idioma, era un descendiente de aquel mundo altiplánico, y ese era Juan Bautista Túpac Amaru. Este punto ponía en evidencia primeramente la presencia de Túpac Amaru en el Congreso de Tucumán, y en segundo lugar no dejaba dudas sobre el carácter de reparación indígena que tuvo el proceso de la independencia de las Provincias Unidas en Sudamérica en el Pensamiento de aquellos hombres. Esta historia fue silenciada, para que nadie sepa el verdadero carácter que tuvo la emancipación española, de unificación de razas y concepciones que tenían los hombres de aquel entonces. Con este silencio, la Argentina se convirtió en la imagen de la Europa americana, una visión distinta a la que había tenido en el pasado los hombres de la independencia y también distinta a la que tienen los Hombres que dictaron las profecías a Parravicini.  

El legado de Belgrano

Todo termina con una muela. El 4 de septiembre de 1902, una comisión designada por el presidente argentino, el masón Julio Argentino Roca, el mismo que impulsó el genocidio indígena en la Patagonia, procedió a exhumar los restos de Manuel Belgrano para trasladarlos. Levantada la lápida, se retiraron los huesos que fueron colocados en una bandeja de plata. Pero el ministro del interior, Joaquín V. González, y el ministro de Guerra, Pablo Ricchieri, se robaron dos muelas para hacer con ellas los rituales que habitúan hacer los miembros de las logias y organizaciones satánicas como Skull & Bones.  Este hecho fue publicado y condenado por los principales diarios porteños, sin que nadie se percatara de la verdadera trama que se escondía tras aquel acto, de la misma índole que el de la mano de Perón. González se justificó diciendo que se había llevado el diente para mostrarlo a sus amigos, mientras que Ricchieri dijo que el lo retiró por pedido de Bartolomé Mitre, el historiador oficial de la oligarquía y la masonería, quien había atacado a Belgrano en sus libros por el Plan Inca.

Con ese ritual, los oscuros del mazo quisieron desaparecer para siempre de la memoria el ideal de lucha y restauración de las raíces ancestrales, porque hablar de la cuestión indígena es hablar de la unificación de razas, y esa idea quedó plasmada por Belgrano cuando ideó la bandera con el sol Incaico en su centro, el Inti, diseñado por Juan de Dios Rivera (apodado “El Inca”), un orfebre peruano que fue señalado por Belgrano para que colocará tal símbolo. Así, la bandera quedó establecida con los 4 colores de las 4 razas originarias, Roja, Amarilla del Sol; y franjas Blanca y Azul oscuro, que era el color original luego cambiado por el celeste. Ese fue el legado que dejó plasmado en los símbolos que hoy se deben recuperar, porque en ellos se esconde el Crisol de Razas y el cumplimiento de la profecía de Solari Parravicini.

RECUPERANDO LA INSIGNIA. Hace exactamente 200 años, en 1812, Manuel Belgrano en la ciudad de Rosario (Santa Fe) ideó la escarapela con los colores azul y blanco como distintivo para los soldados y con esos mismos colores, creó la bandera que levantó por primera vez en el Río Paraná, uno de los dos afluentes del Río de La Plata. La misma había sido rechazada por el Primer Triunvirato, porque consideraban que el uso de de una bandera con identidad propia era avanzar en la independencia, y ellos no querían abandonar el servilismo y su posición privilegiada con el gobierno español. Belgrano impulsó con fuerza la bandera, al límite de la enemistad con Buenos Aires, ya que consideraba que los hombres debían luchar bajo un símbolo común que les dé identidad en la lucha.

Por eso el legado de Belgrano es la identidad del símbolo, que hoy es el que entregan desde las estrellas para el hombre latinoamericano. Ese que debe recuperarse para que no caiga en manos de la falsa doctrina, que lo pervierte y lo transforma en bijouterie, o en incipientes movimientos de falsos contactos y creencias estúpidas. Hoy el legado de Belgrano es recuperar la bandera de la Cruz Orlada, que es el símbolo de la mecánica del movimiento que hace que el hombre sea Verbo, Pilar y Ley de la Creación.

 

Desde la Frente de los pueblos en ínclita unión

El joven que camina con la mochila en su espalda

Julio del 2012

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