Mensaje Orlado Nº 9

Canto del árbol

 

“Caminante, ésta es mi tierra:
Nada más que incendio verde.
Aunque te quieras morir
aquí no pasa la muerte”.

Américo Cali, escritor cuyano

 

El camino nos lleva hacia Cuyo, el paraíso del olivo, del cultivo y de la vid reconocida mundialmente; de las montañas y los valles, del turismo y el progreso, la de Mendoza en el imaginario argentino como manantial donde brota todo vida y confort.

Cuyo, el sendero que inmortalizó a San Martín cruzando los andes para libertar Chile. La región de los picos nevados inalcanzables, los más altos de América, donde tantos andinistas año tras año creen inmortalizarse al alcanzar sus alturas, mientras otros perecen al intentarlo sin éxito.

Sin embargo, el que no conoce la zona se sorprende al saber que Cuyo es en realidad un desierto, un vasto territorio que muestra a la vista su aridez, sus espinos y su sequedad. Fue el trabajo de generaciones anteriores lo que le dio vida a la provincia de Mendoza; el esfuerzo que la convirtió en un jardín verde de árboles, cultivos y fincas, ahora empañada por el lujo, el afán de lucro y la productividad de la tierra.

En el cuyo se está alejando el invierno y nos comentan que la época de poda en el pie de las montañas comienza. La sabiduría dicta cortar las ramas y limpiar los resabios, hojas secas y malezas. Así proceden los hombres del campo: si se aspira a obtener mucha cosecha sin que el árbol tenga la fuerza necesaria para soportarla, a la larga el árbol perderá su vitalidad dejando de producir. Por eso, si hay demasiadas flores en el árbol y las ramas que los sostienen no son fuertes, todos los frutos se caerán antes de tiempo perdiéndose en la humedad del suelo. Así, los obreros van preparando el árbol con tiempo, fortaleciendo el tronco y sus ramas hasta que tenga la fuerza para soportar la gran cosecha.

Pero lo que cambió la fisonomía de este paisaje y le dio vida y sustento no fue la poda ni el clima, sino la herencia y aplicación de la sabiduría ancestral. De hecho, la actividad agrícola en esta zona se remonta según los estudiosos a cerca de 4.000 años atrás, y en épocas más recientes fueron los incas los que dejaron su huella en Mendoza, al extender su imperio hasta estas tierras incorporándolas como la frontera sur del Tahuantinsuyo.

Aquí aun perduran algunos  nombres quechuas que identifican ríos, poblados o montañas, y los lugares impactantes donde caminaron los hijos del Sol en el ayer, como por ejemplo el puente del inca en las cercanías del Aconcagua.

Pero fueron los indios Huarpes los que dejaron la huella más profunda, al construir las famosas acequias que produjeron el desarrollo agrícola de toda la zona. Este sistema de riego hizo que el agua llegara a los lugares más alejados, “incendiando de verde” el desierto cuyano.

Sin embargo, llega el 12 de octubre, la fecha de conquista y destrucción americana, y nadie recuerda que aquí los Huarpes fueron exterminados en los primeros años de la conquista española, cuando fueron forzados a trabajar en las minas de los Andes. Solo quedan las acequias y el progreso material que les dieron a Mendoza, y su imagen olvidada en los libros de historia.

Si poco reconocimiento tienen las culturas originarias en la población mendocina, menos sus profecías. Así es la provincia que se convirtió en el centro metafísico más grande de Argentina, y  en sus huellas se puede rastrear a la masonería en la traza urbana, en los edificios construidos como centros de gobierno, y en estatuas, como la del Almirante Brown, con un símbolo desconocido en él: la antorcha de la rebelión sobre su pensamiento que porta la oscura luz de iniciación masónica.

De modo que en Mendoza aparece con fuerza la metafísica de Conny Méndez y la imagen de San Germain, el espíritu inmundo ahogado por sus lujos y fortuna, por su vida de abundancia: “San Germain vestía sobriamente, de corte impecable y de las mejores telas, con medias de finísima tela. Por la magnificencia de sus  joyas se lo juzgaba inmensamente rico”.

Así es el hombre que corona sus cinco sentidos de materialismo, de lujo y joyas, el que pierde su pensamiento y vida por llevar la frustrante corona en su frente. La marca del mismo anticristo que volverá a sentarse en el trono del tercer templo, como nos habló de él Parravicini: “El desprendimiento total de las costumbres austeras dará al sumo sacerdote y al humano ser la pauta del advenimiento del falso Cristo, su llegada es ya entregada a los días nuestros” (BSP 1939).

Por eso “Cuanto mayor es la riqueza del espíritu del hombre, menor es la pertenencia terrenal”.Así se identifica a San Germain, el mismo que “incentivó al movimiento rosacruz y a Adam Weishaupt en la creación de los iluminados de Baviera”; el que siempre estuvo frecuentando las cortes y logias, el que según la metafísica “entregó los mapas a Colón” para la destrucción y el olvido del legado azul de los pueblos originarios de América latina.  Allí  es “en donde caen los bien intencionados buscadores de la Verdad. Éstos son fáciles presa de los falsos místicos e iluminados que dicen tener “facultades” para recibir comunicados y mensajes de otros tantos inexistentes maestros espirituales. Estos farsantes del conocimiento, también obran como supuestos sacerdotes o sacerdotisas de sus movimientos obnubilantes que hacen perder la posibilidad de comprensión real de su propia búsqueda”. Así, sin conocerlo, Mendoza cayó en el pozo de San Germain, como símbolo de la vida del lujo, el confort, el olvido de la sabiduría ancestral y las profecías, en la venda de finísimas telas sobre los sentidos para no escuchar ni menos ver, el atrás de las cosas.

 Así, en el lugar donde se secaron los ríos, donde el agua es escasa, en este desierto la semilla no fructificó, cayó en pedregales, donde no había mucha tierra; y brotó pronto, porque no tenía profundidad de tierra; pero salido el sol, se quemó; y porque no tenía raíz, se secó” (Mateo 13: 5 -6).

Por eso, en toda tierra que no crece semillas, donde la piedra asfixia la vida, donde se  ahoga el “Canto del Árbol”, carga con un pesado destino frente a las Leyes que buscan dar vida al hombre. Porque toda tierra que tiene mucha piedra, necesita ser removida para que se pueda sembrar. “El 20 de marzo de 1861 la ciudad de Mendoza fue totalmente destruida por un terremoto, que tuvo a la propia ciudad como epicentro. Fue un verdadero cataclismo para la ciudad que por entonces contaba con una población de 8.670 habitantes (según el censo de 1857). Se estima que en la catástrofe murió casi el 70% de su población…” (Historia de Mendoza).

Y eso es lo que le espera a la ciudad de Mendoza, un fuerte terremoto que sacudirá los cimientos del pensamiento y removerá las piedras del orgullo, la soberbia y el desinterés. “Vencida tierra argentina. Vencida por el hombre ciego. Aguas, pestes, terremotos, luchas le asolarán…” (BSP 1938).  Así habló la profecía desde hace 70 años; el hombre ya fue advertido en Argentina y en cualquier ciudad que tape sus ojos: “La intuición no será ya y el hombre conocerá la tribulación. El hombre soberbio e hipócrita que destrozó el sendero, mató al hermano, relajó el sexo, envileció al menor y corrió anhelante tras el oro. El hombre que abandonó ¡el amor!” (BSP 1938).

 

Fuego Verde

Ahora en Mendoza cambian las estaciones y llega la primavera. El paisaje se brota, y ya es “incendio verde”. Llamaradas de vida inundan las fincas, las chacras, los poblados, las ciudades.   

En esos días se realiza la plantación de árboles en las calles, y el discurso se centra en el mismo problema, el riego. Ocurre muchas veces que se planta pero los árboles se secan por la dejadez de la gente, que volviendo a su vida cotidiana, se olvidaron de regarlos. Todo un símbolo para Mendoza. Así, el tiempo corría en aquellos tiempos hasta que, escuchamos algo que nos despertó. Una poesía llamada “Canto del Árbol”. Para la gran mayoría el contenido pasó al olvido, no para nosotros que lo grabamos en el espíritu, quedando algunas frases recitadas flotando en ese momento…

 

“Detente caminante…

Yo Soy…

la Vida…

soy el Fuego…

…y el umbral de tu espera“

 

Ya al final, siguiendo el símbolo descubrimos en el poema a una escritora chilena. De modo que el Árbol de la Vida dice presente en Chile y sentimos su llamado. Con el país que justo en ese momento, alzando la vista, se encontraba hacia atrás de las laderas. Del que Parravicini se refirió cuando habló del Sur: “Mensaje en la prueba. Tierras que serán promesa del mañana: Argentina, granero del mundo; Brasil, brazo de caridad y amor al prójimo; Chile, cultura en elevación; Uruguay, política nueva. América del Sur, crisol de paz” (BSP 1968).

Por eso no nos sorprende que en nuestra visita de aquel país descubramos que la voz de Parravicini se comience a escuchar en los medios masivos de Chile y que se empiece a conocer, con él, parte de los acontecimientos que afrontará el mundo a partir del 2012. Y eso nos dice que Chile empieza a escuchar lo que debe escuchar, que algunos comienzan a despertar en el tiempo que se debe hacerlo. El canto nos dice que hay un llamado que merece la pena ser oído.

Por eso, Chile entona desde sus costas “El Canto de árbol” para Latinoamérica, desde el extremo sur se escucha hasta México, donde los mayas también escribieron sobre el Árbol que comenzaría a florecer dentro de 14 meses a la fecha de este mensaje orlado. Porque así los mayas le llamaban a la galaxia: el árbol de la vida. De modo que la sincronización del 21 de diciembre, es la conexión con la inmortalidad y resurrección en el hombre de este planeta. Es el redescubrimiento del Canto del árbol que nos dice con voz de poesía “Yo Soy la vida, el Fuego y el umbral de tu espera”. El umbral del que la humanidad espero tanto tiempo para adentrarse, para inscribirse en el libro que el mismo Nostradamus dejó graficado para hoy.

El árbol que también Parravicini anunció como florecimiento argentado, al momento que se descubre los caminos que no han de volverse a pisar: “El árbol seco de la Argentina sabrá de una era de nueva lluvia”. Seco de filosofías, de gnosticismo, de masonería, de metafísica, de engaños a los sentidos y falsos maestros que distorsionan la verdad. Seco de inocencia por ignorar que el hombre lucha desde haces milenios contra el mal. Seco de religiones que engañan al hombre y lo mantienen prisionero en sus teorías ridículas e inconclusas. Seco en la economía de no ofrecer más a la vida que la sucia materia, que se convierte en tristeza cuando el hombre queda en la soledad de si mismo. Seco de buscar en la política, como una marioneta, los cambios que nunca llegan.

La Verdad es la vida y llega al momento que el árbol seco se empapa de “Nuevo sol – Nueva Luz”; nueva lluvia en sus raíces, porque la anterior agua amarga que solo le dio sequedad y muerte ya pasó. El Canto del Árbol de la vida, que le habla al hombre a través del corazón de la poesía chilena. El mensaje que al igual que Nostradamus aclara al ser: “En una noche y un día, el árbol que permaneció seco, reverdece”. Reverdece el árbol cuando el hombre canta con él, cuando el árbol se baña en el aliento incorruptible de las acequias del conocimiento y la verdad, que nunca más se secan. Es el canto poético que está en el corazón del caminante.

 

Canto del árbol

Detente caminante, soy el lazo
Que ata el viento a la tierra
Yo soy el silencioso que florece
Por los que no recuerdan.

Toda la vida estoy junto a tu vida
Floreciendo a tu vera
Sin olvidar que olvidas cada día
Mi sombra de madera.

Y soy el fuego dulce del invierno
Y la cuna primera
Y tu supremo sueño hacia el olvido
Y el umbral de tu espera.

Sara Vial
Poetisa chilena

 

Octubre del 2011

Anuncios
Esta entrada fue publicada en Uncategorized. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s